martes, 6 de octubre de 2009

La subcultura necesaria

En tertulias, artículos de opinión o en simples charlas distendidas sobre la música de masas, sobre su función o su calidad, resulta frecuente hallar algún comentario peyorativo hacia ésta. Sobre todo, si el juicio proviene de un crítico docto y resabido, elitista y excluyente, que mantiene la noción aristócratica de este arte. Resulta frecuente percibir el desprecio o, cuanto menos, la sonrisa condescendiente al tratar de canciones rock, pop o flamencas, por poner sólo unos ejemplos. Aunque cada vez se excluyan menos algunos de estos géneros. Como ha ocurrido, principalmente, con el flamenco, que a mucha honra y con todo merecimiento ha superado el apartheid académico y ocupa ya cátedra en muchas universidades, sin ningún tipo de sonrojo.
Leo críticas, comentarios, de estos adalides de la música culta y, más bien, soy yo el que me sonrojo. Al parecer todavía muchos intentan abrir un abismo inútil entre la música clásica y la música popular. Para contrarrestar este tipo de opiniones suelo remitirme a un fragmento de Manuel Vázquez Montalbán. Una cita que tengo subrayada desde hace varios años y que funciona siempre para capear esas críticas absurdas. Dice así:
"La subcultura no tiene por qué pedir perdón por su impotencia frente al poder, su lenguaje degradado o su manipulaión tan brutalmente mercantil. Es, a pesar de todo esto, testimonio de una época, es belleza convencional y es una satisfacción consumida por las masas en respuesta a una necesidad. A partir de estos tres vínculos es posible un acercamiento no camp a culaquiera de los géneros subculturales. Sería absurdo intentar decir que las canciones de Rafael de León son como las novelas de Flaubert. Pero me parece muy sensato admitir que fueron más útiles al pueblo español de los años cuarenta que las novelas de Flaubert, fundamentalmente porque la organización vital y cultural de las masas en el siglo XX queda más al nivel de Rafael de León o los Beatles (son meros ejemplos) que de Flaubert o William Borroughs" (Cancionero general del franquismo, p. 11).

domingo, 27 de septiembre de 2009

Maldita historia

Desde hace una semana, justo después de ver en el cine Malditos bastardos, guardaba en la recámara una entrada sobre su banda sonora. Como ha ocurrido con anteriores películas de Quentin Tarantino, la música se convierte en un elemento indispensable en sus historias, bien por respaldar la acción, bien por chocar irónicamente con el argumento. Esto último es lo que ocurre en Malditos bastardos, una película que, por si no lo saben (lo dudo), trata sobre un grupo de guerrilleros judíos que pone en jaque a las tropas nazis desplegadas en Francia. Para "ambientar" sonoramente el filme, el director norteamericano ha seleccionado una serie de composiciones que se topan frontalmente con una trama desarrollada en la II Guerra Mundial. El tracklist de Malditos bastardos cuenta con temas incluidos en películas de culto del cine policiaco y del western. Abundan las creaciones de Ennio Morricone y algún destello sorprendente, como el de incluir 'Cat people (Putting out the fire)', de David Bowie, en los instantes previos al desenlace. Puede parecer horripilante esta decisión, desde el prejuicio y sin haber visto la película, pero animo a todo el que lo desee a que lo compruebe por sí mismo y juzgue el efecto de esta banda sonora. El choque o la paradoja estética, por llamarlo de alguna manera, está asegurado. Como dice Carlos Boyero, Tarantino es por sí solo un género cinematográfico. Quizás, diría yo, la persona más adecuada para atreverse a este tipo de cosas, sin que nada desentone, sin que chirríe la voz del gran Bowie en medio de una tragicomedia sobre la pesadilla nazi.
Dotes artísticas aparte, gusten más o menos sus películas, hay que reconocer a Tarantino un estilo particular, irremediablemente provocador. Un estilo singular que labra, entre otros elementos, con la música, con unos flashes sonoros, tipo vídeo-clip pop, que se han mantenido con éxito en la retina de los espectadores a lo largo de los años. El baile de Travolta con Uma Thurman en Pulp Fiction al son de 'You never can tell', de Chuck Berry; o la perorata de Marsellus Wallace, al comienzo de esta misma película, sobre el telón genial del 'Let´s stay together', de Al Green, constituyen ya hitos del cine reciente, imitados hasta la saciedad. Malditos bastardos, en este sentido, va a la zaga de obras como la citada Pulp Fiction, Reservoir Dogs, Jackie Brown o Kill Bill, aunque se reserva sus momentos estelares con la banda sonora como protagonista. En realidad, Tarantino no hace más que crear una distancia con la historia que presenta. Al incluir en plena Guerra Mundial unas composiciones atribuibles a unos forajidos de Río Grande, está obligando a ver esa acción con otros ojos. Cambia la visión tradicional del cine sobre un tema bastante trillado.
Durante la presentación de la película en el Festival de San Sebastián, el director ha insistido precisamente en esa opinión. Su objetivo era el de transformar la Historia, escrita con mayúsculas; aún a riesgo de recibir críticas y condenas por todas partes. Literalmente, Tarantino inventa la Historia, la II Guerra Mundial, en Malditos bastardos. No recrea unos hechos, ni parte de unos datos contrastados. Sólo se sirve de un marco histórico, muy difuso, para vengar el pasado. Utiliza el cine para matar con fiereza a Hitler y redimir a muchas personas sedientas de sangre nazi. Como él mismo ha reconocido en una entrevista, muchos jóvenes alemanes se sentirán gratificados al ver esa matanza y verán cumplido un sueño.
Pero no se trata más que de eso, de un sueño irrealizable. La Historia está ahí, imposible de modificar, a pesar de las inagotables interpretaciones y revisiones. Ni la música ni la ficción que imprime Tarantino van a restituir la muerte de millones de personas, ni la barbarie del holocausto. Como recompensa, quizás obtenga unas cuantiosas cifras de taquilla y el agradecimiento de algunos jóvenes ilusos que todavía no sepan discernir entre la realidad y el deseo, entre la Historia y la ficción. Es inexcusable el recuerdo de ese pasado, pero no bajo este tipo de "lecciones" cinematográficas, si es que puede calificarse como tal el final de Malditos bastardos.
Para recordar, para no olvidar nunca y aprender sobre lo ocurrido en la II Guerra Mundial, mejor les recomiendo un documental que emitieron ayer en 'La noche temática'. El trabajo, que pueden rescatar por la página web de RTVE, se titula "De una guerra a otra: campos de resistencia" y enfoca las historias de verdaderos guerrilleros, no como los que comanda Brad Pitt en Malditos bastardos. A través de entrevistas, el documental va narrando las penurias que tuvieron que vivir miles de republicanos españoles exiliados en Francia, quienes después de la Guerra Civil, sobrevivieron a la barbarie de los campos de concentración nazi y ayudaron a liberar París. Tras ver y oír las historias de estas personas, su dolor y sus lágrimas, poco espacio queda para la maldita historia de Tarantino. No me imagino a esos héroes de carne y hueso sintiéndose gratificados con la película. Ni mucho menos reparando en su música.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Rock and gol

Septiembre es un mes de reencuentros. Es el mes de la vuelta al cole, el del retorno al trabajo y el del inicio de las competiciones de fútbol, cuyos efectos balsámicos se han probado más potentes que el Prozac. A muchas personas (miles, cientos de miles…), la expectativa de un buen partido de fútbol les arregla el día. Por frustrante que les parezca a sociólogos y moralistas, ésa es la realidad. Y no creo que haya nada malo en ello. El fútbol tiene también su dosis de estética, libera pasiones y provoca catarsis colectivas que dejarían en ridículas manifestaciones las vividas por los antiguos espectadores de las tragedias griegas. Como la música, el fútbol, o el deporte en general, puede servir como lenitivo y válvula de escape para los males que se enquistan. Desinhibe y es saludable. El Último de la Fila tenía una canción titulada “El que canta su mal espanta” (abría el maravilloso Astronomía razonable), que bien podría aplicarse a los gritos de los aficionados desde las gradas.
Rock y fútbol tienen bastantes cosas en común, aparte de los citados efectos liberadores. Ambos son espectáculos de masas, que arrastran idolatría y un volumen de negocio incalculable. Las estrellas de la música y el fútbol aparecen en portadas de revistas, protagonizan anuncios y comparten amistades. Incluso intercambian sus papeles sobre el escenario y el terreno de juego, en una relación curiosa (y promiscua) que quizás les sirva para escribir un anecdotario, rellenar una charla aburrida en el bar o publicar una entrada de blog, también aburrida, como ésta.
Hace unos días, ‘Fiebre Maldini’ (el mejor programa que se emite actualmente en televisión, y no exagero) recordaba uno de esos casos extraños de músicos locos por el fútbol, el de Elton John y el Watford. De oídas, ya conocía la historia, pero me sorprendió ver en imágenes la dimensión que alcanzó el proyecto. Para los que no lo conozcan, el Watford es un club inglés de tercera o cuarta categoría, que, en la década de los ochenta, gracias al impulso dado por su presidente Elton John, subió hasta la Premier y llegó a plantar cara a los históricos. De hecho, las imágenes que recuperaron en el programa fueron las de un partido de Liga que el Watford ganó sorprendentemente al Manchester Utd. (por 1-2) en el mismísimo Old Trafford, con Luther Blisset como estrella (este jugador ficharía después por el Milán). Pero ahí no quedaba la cosa: el equipo de Elton John alcanzó incluso el subcampeonato y obtuvo plaza para la Copa de la UEFA. Un equipo que podríamos equiparar con mi querido C.D. Alcalá, con unas infraestructuras ridículas, logró colarse en Europa. Y todo por obra y gracia de Elton John, cuya afición al fútbol era lejana, pues su padre fue jugador profesional en Inglaterra.
Posiblemente, en Inglaterra, España y Argentina, por citar tres países con gran tradición futbolera, haya muchos más casos de músicos metidos a directivos de clubes. Sin embargo, lo que más ha abundado han sido los artistas que probaron suerte con el balón, antes o después incluso de ser reconocidos como músicos. En España, por ejemplo, contamos con el ya memorable caso de Julio Iglesias, que perteneció como guardameta al Juvenil B del Real Madrid, intentando hacerle sombra al gran Miguel Ángel. Por supuesto, no lo consiguió y terminó interpretando temas de infausto recuerdo, como 'Gwendolyne', en imitación bronceada y latina de Sinatra. No sé que hubiera sido mejor…
Un caso parecido al de Julio Iglesias fue el de Rod Stewart, quien en la adolescencia llegó a probarse en el Barça, aunque sin suerte. Mal ojo tuvieron los técnicos entonces: no hubiese estado mal ver al joven Stewart llenando de botellas de whisky la Massía. Sin embargo, su aventura futbolística no se quedó ahí, ya que tiempo después llegó a convertirse en jugador profesional en las filas del Bredfort. Tras su retirada de los estadios, siguió los pasos de Elton John y apoyó económicamente a varios clubes británicos, además de continuar siendo el seguidor número uno de la selección de su país, Escocia.
Otros ejemplos curiosos son los de Gaz Wheland, ex batería del grupo Happy Mondays, que recaló en el Manchester City; David Essex, que perteneció al Colchester Utd.; o Steve Harris, de Iron Maiden, que militó en el Halifax Town (¿alguien me puede decir cómo viste ese equipo?). Estos datos, por supuesto, los he pillado de Internet. No tenía la menor idea del pasado “pelotero” de estos tipos. Ahora bien, al que sí recuerdo y vi jugar fue a Mick Hucknall, el líder de los Simply Red, que fichó por el Manchester Utd. en los años noventa, más bien por una cuestión comercial que por sus dotes balompédicas. Si no me falla la memoria, Hucknall disputó como centrocampista algunos minutos en la Liga de Campeones, frente al Real Madrid, en aquel magnífico partido en el que Redondo le regaló un gol a Raúl, después de un taconazo antológico desde la banda. Creo que la afición estaba tan decaída en ese partido, por el recital del Madrid, que Alex Ferguson decidió alegrarlos con la entrada en el campo del melenas pelirrojo.
Dicen que ciertos músicos ponen tanta pasión en el fútbol que algunos han llegado a suspender un concierto debido a la decepción causada por su equipo. Eso cuentan de Mick Jagger, forofo del Manchester, que anuló un directo de la banda tras ver perder la final de la Champions de este año frente al Barcelona. Rumores aparte, de lo que no existió duda fue del fanatismo por el fútbol de Bob Marley, que aprovechaba cada momento fuera del estudio o de las giras para echar un partido con los amigos. Precisamente, uno de esos bolos fue el que le provocó la muerte, después de tener una lesión mal curada en el pie (al parecer, sólo quería utilizar remedios naturales para tratarse la herida infectada).
En el bando contrario, el de los futbolistas, también hay casos insólitos de intercambio profesional. Los hubo que se lo tomaron medio en serio, como Ruud Gullit, que tenía (y creo que sigue teniendo) su propia banda de reggae. Sin embargo, lo que abundan en este sentido son los “cameos”, es decir, la aportación desinteresada (y catastrófica) de algún jugador a algún amigo cantante para reflotar un disco. En Inglaterra abundaron estos casos. Kevin Keagan grabó en 1979 la canción ‘Hands over heels in love’, y más tarde, en los ochenta, le imitaron el excéntrico Paul Gascoigne, con ‘Fog on the tyne’, y el portero del Arsenal Peter Shilton, con ‘Side by side’.
Los argentinos también se han ofrecido mucho a estas historias. El Mono Burgos, que cantó bajo los palos del Real Mallorca y el Atlético de Madrid, parece tener más éxito ahora como rockero. En Youtube anda suelto un vídeo del Mono con Carlos Tarque que es para olvidar (a pesar de que admiro a Tarque). Y cómo no, el grande y endiosado Diego Armando Maradona ha hecho sus gorgoritos en varias ocasiones con amigos como Andrés Calamaro o Joaquín Sabina. Con este último, llegó a animarse en un concierto en el Rex de Buenos Aires. Aunque, sin duda, su más infame colaboración tuvo lugar a finales de los ochenta, cuando participó en un disco de Pimpinela.
De futbolistas españoles, ahora sólo me viene al recuerdo el disco de Los Amigos del Arte (con jugadores del Sevilla y el Betis, como Nimo y Gordillo), las canciones bochornosas de los jugadores de la Selección antes de los campeonatos internacionales (busquen la surrealista colaboración de Juanfran con Rosa de Operación Triunfo) y la aventura de Álvaro Benito en Pignoise. Álvaro, por si no lo recuerdan, fue un jugador del Real Madrid, que ascendió al primer equipo a la par que Guti y que tuvo algunas oportunidades con Capello. Una grave lesión le apartó del fútbol para siempre, y hace unos años sorprendió con su cresta "pijipunki" y un grupo odioso que suena en la sintonía de 'Los hombres de Paco' y en Los 40 Principales.
De las canciones que suenan en los estadios (‘Go West’, de Pet Shop Boys; ‘Those were the days’, de Mary Hopkins; o el imprescindible ‘We are the champions’, de Queen) versionadas y coreadas por los aficionados, mejor será que no hable porque entonces no acabo…

domingo, 13 de septiembre de 2009

La cuestionada gira de Depeche Mode

Repaso noticias y comentarios sobre Depeche Mode en Internet, sobre su gira "Tour of the Universe", y no encuentro más que confusión. En este asunto, como en tantos otros que circulan por la Red, la información brilla por su ausencia y es sustituida por miles de opiniones vertidas por seguidores y detractores del grupo. No existen datos claros y fiables que expliquen por qué la banda británica ha cancelado nada menos que 14 conciertos desde que inició la gira en Luxemburgo el 6 de marzo de 2009. Hasta la fecha, los argumentos aportados por Depeche Mode se han extendido a través de su página web y han reincidido siempre en el mal estado de salud de Dave Gahan. Poco más. Incluso se han generalizado diversas versiones sobre su enfermedad (al comienzo, se habló de una gastroenteritis; después, de un tumor de vejiga). Ante tal carencia de información y la escasa aportación de los representantes del grupo, o de sus propios componentes, el público tiende a sospechar y a decretar que algo "huele mal" en este "Tour of the Universe". Algunos se han atrevido a catalogarla como la "gira de la vergüenza"; otros, como el "fin de un ciclo".
Resulta arriesgado opinar cuando no se tienen datos al alcance. Más que arriesgado, es una temeridad lanzar juicios sobre una persona o un tema cualquiera cuando apenas se conocen unos datos. Sin embargo, esto no es más que una práctica habitual en los medios de comunicación y en la vida cotidiana que nadie va a solucionar, por más que lamentemos y despreciemos esa actitud. Todos hemos contribuido alguna vez a expandir un bulo, un prejuicio o una opinión negativa, sin tener la más mínima idea de lo que hablamos. Lo que sí resulta "legítimo", en cambio, es la duda ante la falta de información. O mejor, la sospecha ante la cerrazón y la negativa a aportar información..., dependiendo de los casos, claro está.
En el asunto de Depeche Mode, es esta última postura la que domina. El público, que pagó su entrada para alguno de sus conciertos cancelados, tiene derecho a saber cuáles han sido los motivos y a sospechar si éstos no han sido lo suficientemente justificados. Puede parecer antiestético el término, pero el espectador se convierte en un "cliente" de un espectáculo por el que ha pagado y, a pesar de que el dinero se haya devuelto, no se siente totalmente recompensado si las razones esgrimidas para la cancelación son débiles.
Tras la anulación de los conciertos programados en Oporto y Sevilla en el mes de julio, muchas personas vieron cómo la gira continuaba con total normalidad, sin que el grupo hiciera el mínimo esfuerzo para restituir los directos en esas ciudades. Lo mismo ha ocurrido en Atenas, Estambul, Bucarest, Sofía, Belgrado, Varsovia, Riga, Vilna, Landgraf, Leipzig, San Francisco y San Diego. De todos ellos, sólo el de Leipzig acabó celebrándose al día siguiente. Hay dudas de que Dave Gahan estuviera aquejado por alguna enfermedad en esas citas. Existen sospechas de que un buen número de esos conciertos no iba a resultarle rentable al grupo y a todo su entorno, una maquinaria empresarial gigante. "Huele mal", para algunos seguidores, el hecho de que muchas de esas ciudades pertenezcan a países del Este de Europa, donde se atraviesa por una profunda crisis económica y, por tanto, no iba a asistir un procentaje rentable de espectadores. Incluso, algunos críticos musicales cuestionan la estabilidad del grupo, después de haber publicado un disco monótono (ésta sí es una opinión propia), respaldado por unas insuficientes ventas comerciales.
Algunos comentaristas hilan fino al decir que la gira europea era desorbitada, con un número de fechas excesivo para un grupo que había perdido el pulso de los directos y los viajes continuos. Los hay que se enorgullecen de conocerlos personalmente y pregonan el malestar de los músicos por esta gira y especulan que querían estar a la altura para las grandes citas, principalmente para los conciertos de Estados Unidos. Otros, más comedidos, se plantean que ésta es una buena oportunidad para que la banda se replantee su trayectoria y deje de forzar una propuesta musical agotada desde hace muchos años (desde el Songs of faith and devotion, diría yo). Pero, más allá de todos estos comentarios, lo cierto es que no hay nada claro. Para contarrestar esas críticas, algunos fanáticos defienden que Depeche Mode estuvo en Bilbao y en Valladolid con aforos presumiblemente más bajos que los que iba a encontrar en Sevilla y dieron la talla. Al parecer, Dave Gahan estaba en buena forma, casi rejuvenecido, según cuentan muchos asistentes.
El malestar de los espectadores que iban a presenciar el concierto de Sevilla ha aumentado todavía más al conocerse que el grupo ha programado un segundo concierto en Madrid para noviembre de 2009, además de los dos que ya tenía contratado en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Quizás sea la escasa o nula "reputación" que tiene Sevilla como organizadora de este tipo de eventos, habrán pensado los escépticos. Aunque sin ir más allá en el asunto. Todo ha quedado sin una respuesta concreta, sin que abunde la información. Y mientras tanto, se acumulan las dudas, las sospechas y los comentarios hostiles en torno al grupo, que resta credibilidad y ensombrece su imagen pública, a pesar de la defensa a ultranza de sus seguidores más fieles.

viernes, 28 de agosto de 2009

Tardío homenaje a Juan Perro

Han pasado más de seis meses desde que inicié este blog intermitente y todavía no he tenido un mínimo detalle con el autor que ha inspirado su título. Me culpo de ello. Tenía una especie de resquemor por no haber rendido aún un pequeño homenaje a Juan Perro y a uno de esos discos que conservo y escucho repetidamente con especial cariño, La huella sonora. Tenía, por otra parte, el temor ingenuo de que por extraños caminos legales me llegara una demanda por utilizar ese título en esta página digital, cuyo nombre coincide no sólo con el álbum publicado en 1997, sino también con el de su oficina de producción artística. Hasta el momento la querella no se ha formulado... y espero que no se haga. Sirva como atenuante, en un hipotético juicio contra el señor Perro, mi admiración y seguimiento lejano, la compra de todos sus discos y el precio de varias entradas de conciertos.
La huella sonora me pareció un título adecuado para esta especie de revista musical, en el que se recordaran a músicos que habían dejado un rastro indeleble en nuestra memoria. Aquí se han mencionado ya unos cuantos, y son bastantes los que quedan. Suficientes como para mantener activo este blog, al menos, seis meses más. Entre esos músicos, se encuentra Juan Perro, seudónimo utilizado por Santiago Auserón, que aparece y desaparece como la Santísima Trinidad, con tres identidades y nombres diferentes a lo largo de su carrera, ya sea bajo la advocación antigua de su grupo (Radio Futura), su apellido real (Auserón) o su seudónimo callejero y trovador (Juan Perro). Seudónimo que, como él mismo reconoce, tiene influjo literario: el rastro metafísico de los perros músicos de Kafka, o bien el legado picaresco y cervantino de Cipión y Berganza. Perros que tienen, en definitiva, la mágica costumbre de reflexionar y criticar todo aquello que los rodea; que son mendigos de un mundo supuestamente racional, dominado por los hombres, y cuyo cometido diario es el de sobrevivir y encontrar cobijo para pasar la noche.
En Juan Perro o, mejor dicho, en sus canciones, se encuentra literatura a raudales. La había ya en Radio Futura, a pesar de que se etiquete equivocadamente como un grupo de la movida madrileña y como los abanderados del rock postfranquista. Es decir, como los hijos despreocupados que apenas tuvieron que soportar las estrecheces de la dictadura y que poco podían lamentar en sus temas, al modo que lo hacían los cantautores tan en boga en aquellos años. ¿Y qué si fue así? Existe en este país una tendencia a catalogar o, más bien, a despreciar no sólo a artistas, sino a generaciones enteras, que hiere sin sentido. Sólo bajo el amparo del prejuicio.
Por eso, resultó chocante que uno de los componentes de Radio Futura, "el grupo de la movida", se lanzara a componer en solitario a finales de los años noventa. Resultó extraño y doloroso verle triunfar con discos cargados de sonidos originales, con una instrumentación más amplia y con unos versos geniales. Así, poco a poco, desde que publicara Raíces al viento en 1995, Juan Perro ha tenido que trabajar duro para hallar reconocimiento, aunque esto le preocupe bien poco. Con un sello propio y apartado de las presiones de las casas discográficas, que obligan a editar discos obstinadamente, como si de productos en serie se trataran, Auserón ha conseguido un espacio de libertad creativa esencial para todo artista. Vive apartado del bullicio de Madrid, en una casa rural, que le permite (me imagino) afinar y probar melodías con total tranquilidad. Y se "exilia" esporádicamente en diferentes ciudades (sobre todo, en La Habana) para rastrear sonidos antiguos (son, ritmos africanos, rock, jazz, soul...), que luego incorpora en sus álbumes con coherencia, sin chirridos culturales.
Al escribir sobre Juan Perro, me imagino recomendando un buen restaurante, con un menú variado y suculento. Un buen restaurante, alumbrado por sus Cantares de vela, apto para todos los bolsillos, también para el de Mr. Hambre; aunque difícil de encontrar entre tanto local de comida basura, entre tantas canciones rápidas, canciones del verano, que no han muerto (como dicen en los medios), sino que se repiten a lo largo de los doce meses. Un buen restaurante, popular y a la vez refinado, que se distingue por dejar un buen sabor en el paladar sonoro.


jueves, 20 de agosto de 2009

Johansen para el verano

Como si se tratara de una aventura "robinsoniana", me propuse elegir tres libros y tres discos para disfrutar de este verano largo, plácido y caluroso. Ya sé que el recurso de la isla desierta está bastante manido y que nada tiene que ver con estas vacaciones de chiringo y conexión a Internet. Pero a uno le gusta imaginarse de vez en cuando una situación inverosímil, que le aporte algo de emoción a la vida. Pensarse en una playa deshabitada, sin sombrillas ni personajes que escuchan marchas de Semana Santa a tu lado, en pleno agosto, no creo que sea ningún delito. Tampoco es lo contrario (y me perdonen los fieles a la música sacra y el chaval que tengo sentado a mi lado). Sin embargo, la querencia por la ficción a veces le gana el pulso a la realidad, y desea un servidor ser protagonista de la novela de Defoe o de cualquier otra; a pesar de que esta ficción del día a día también tenga suficientes elementos azarosos, mágicos y sorprendentes. Y vuelvo a los tres adjetivos tan usados por Azorín, para retomar el hilo de lo que empezaba a escribir.
Decía que he elegido tres libros y tres discos para pasar el verano. Los libros: Balada de Caín, de Manuel Vicent; Mortal y rosa, de Francisco Umbral; y Luz de agosto, de William Faulkner. Los discos: sendos recopilatorios de Queen y Supertramp, y el City Zen, de Kevin Johansen. La selección no ha podido ser más arbitraria y más incoherente. De eso se trataba: de saltar de una historia a otra, de una melodía a otra, sin orden ni concierto. De las novelas, tengo apenas unas páginas por descubrir de Mortal y rosa, que, con toda seguridad, revisitaré y subrayaré, hasta convertirlas en compañeras permanentes, y no sólo en una "aventura" de verano. Mientras que los discos, ya conocidos y revisitados todos ellos decenas de veces, sé que seguirán acompañándome, aunque desconozco los formatos sonoros que nos reserva el futuro y Microsoft. Sobre todo, sé que mantendré muy cerca el City Zen de Johansen, y espero que otros trabajos nuevos.
Me imagino que entre todos los nombres citados, el menos conocido sea precisamente el de este último. Reconozco que he martirizado a más de un amigo al intentar introducirlo en la secta “Johansen” y que apenas he conseguido adeptos. Principalmente porque sus discos aún son difíciles de conseguir en España. Un paseo por la Fnac es tarea inútil en este sentido. Y así por otras muchas tiendas de discos (cada vez más escasas). Por eso, les vuelvo a proponer que utilicen Internet, con cautela y permiso de la señora ministra de Cultura. En mi caso, no tuve que dirigirme a ninguna página de descarga para descubrirlo ni a ninguna reseña publicada en la prensa. Conocí a Kevin Johansen, casualmente, hace menos de dos años, en un concierto celebrado en el Teatro Central de Sevilla, el 30 de diciembre de 2007. Digo lo de “casualmente” porque a quien iba a ver era a Jorge Drexler, que encabezaba el cartel de un espectáculo original. Se trataba de un directo a cuatro voces: Drexler (presentando Doce segundos de oscuridad), Paulinho Moska, Kiko Veneno y Johansen. De los tres primeros tenía referencias, pero no del último. Y al final, como suele ocurrir en muchas ocasiones, el más desconocido acabó ganando la partida.
Kevin Johansen no es un cantautor al uso, por más que se haya repetido esta frase cientos de veces para otros músicos. No lo es desde su propio nacimiento. Vino al mundo en Fairbanks (Alaska) y desde los doce años reside en Buenos Aires, aunque con “exilios” voluntarios por todo el mundo, que lo hacen un auténtico cosmopolita. Entre esos “exilios”, el más importante fue una etapa en el norte de Estados Unidos, donde buscó sus huellas familiares, rastreó nuevos sonidos y se convirtió en un perfecto bilingüe, si es que ya no lo era. Los cinco discos publicados por Johansen hasta la fecha son un resumen de toda esa experiencia, un mestizaje de géneros (pop, cumbia, milonga…) y de letras geniales, que, vuelvo a repetirlo, lo hacen diferente. Entre sus álbumes, tengo dos guardados con especial cariño: el ya citado City Zen y Sur o no sur, que, por cierto, estuvo nominado para tres Grammys sin que apenas se hicieran eco de ello los medios de comunicación españoles. Dicen de él que tiene una voz a lo Barry White, pero a mí me recuerda más a un Leonard Cohen de la Pampa. Es cierto que domina los graves, pero no con intenciones tan melódicas ni tan melosas. Trabaja las letras (los versos, estaría mejor decir), cultiva la ironía y destroza las frecuentes escenas románticas con guiños canallas, como en ‘Desde que te perdí’, quizás su tema más popular.
No sé si les habré convencido esta vez. La verdad es que Kevin Johansen tiene muchos más motivos para ser escuchado que los que yo pueda resumir aquí en pocas líneas. Para una isla desierta con wifi no está mal. Lo recomiendo.

martes, 11 de agosto de 2009

Una serie de catastróficas desdichas: Sam Cooke

El verano es época propicia para el menudeo de artículos periodísticos relajados, acordes con la ociosidad de buena parte de los lectores, que desean alejarse de temas políticos, económicos, etcétera. Afloran, por tanto, las firmas de los colaboradores menos frecuentes en la prensa generalista, sobre todo, la de los críticos musicales, que encuentran en las revistas estivales un lugar idóneo para rememorar biografías, discos o anécdotas de diverso tipo. No resulta casual que tanto El País como El Mundo, diarios que con mayor frecuencia suelo hojear, anuncien en portada los textos de periodistas como Diego A. Manrique o Julián Ruiz, popes musicales de los periódicos antes citados.
La coincidencia en la presentación de estos artículos es tal que, hace un par de días, Julián Ruiz publicaba una reseña sobre Sam Cooke, sobre su misteriosa muerte, similar a la que Manrique había tratado apenas una semana antes. Viendo estos trajines periodísticos, uno sospecha que los espías no se hallan únicamente en los cenáculos políticos, tan de actualidad ahora, sino también en las esferas editoriales. La coincidencia es cuanto menos curiosa. En primer lugar, porque se puede adivinar cierto celo profesional entre ambos críticos, deseosos, tanto uno como otro, de corregir o enmendar sus respectivos conocimientos. Y en segundo lugar, porque no había un motivo o un "gancho" periodístico fuerte para sacar a la palestra la tragedia de Cooke. Es decir, no se cumplía ninguna efeméride del cantante, que es el argumento más aprovechado por los plumillas para rellenar página. Tan sólo el cincuenta aniversario de la publicación del primer disco de Cooke... Una excusa, creo yo, bastante peregrina.
Aparte de los posibles piques periodísticos entre Ruiz y Manrique, lo que me interesó del asunto fue el distinto enfoque que se le sigue otorgando a la muerte de Sam Cooke, ese genio de la música soul, que anticipó modelos interpretativos en el género y que revolucionó el modelo empresarial existente en la música hasta entonces. Cooke fue uno de los primeros productores musicales negros de éxito. Algo que consiguió a base de tesón y de un olfato excepcional para el negocio, para descubrir nuevas voces. A finales de los años cincuenta, la "presencia negra" en la música se remitía exclusivamente a los márgenes artísticos de la canción, es decir, a la interpretación o a la composición de los temas, pero no a su comercio. Ése era un terreno vedado para los productores de la "raza dominante". Se trataba, en definitiva, de una exclusión más que debían soportar los negros de Estados Unidos, y que Cooke consiguió erosionar. Su estela fue seguida por otros empresarios destacados, entre ellos, el más sonado, Berry Gordy, director del sello Motown.
Precisamente, ese éxito en el mercado musical sigue siendo una de las principales sospechas que rodean el asesinato de Cooke. El autor de 'Wonderful world' falleció en 1964 cuando se encontraba en la cima de popularidad, justo después de desprenderse de su manager, Bobby Womack, quien, a la postre, contraería matrimonio con la mujer del cantante. Según Julián Ruiz, una de las sospechas de la muerte apuntaría a esa dirección, a una especie de conspiración sentimental y empresarial tramada, quizás, entre ambos. La noche que murió Cooke, éste se había alojado en un motel con Lisa Boyer, una dudosa aspirante a estrella de la música, que le llevaría a un callejón sin salida. Lisa abandonaría a Cooke antes de consumar el "acto", huyendo por la ventana y denunciando a la policía un intento de violación. Enervado, Cooke buscaría a su amante por la pensión y tendría una discusión con la propietaria, quien, según las investigaciones policiales, le dispararía en defensa propia hasta causarle la muerte. La dueña del motel sería exculpada más tarde en un juicio rápido, casi sumario, y, según relata Ruiz, pasaría a convertirse en una heroína.
El asesinato de Cooke está cubierto por aguas turbias, que, probablemente, escondan una trama más intrincada aún. Tras la muerte, las pesquisas que alentaron los familiares del artista (a excepción de su mujer) destaparon un caso digno de "novela negra". Al parecer, el cadáver de Cooke estaría plagado de magulladuras, signos evidentes de una paliza que, raramente, podría haber propinado la dueña del motel. Sin duda, la literatura y el cine podrían cebarse con el asunto, como casi siempre ocurre con estos personajes, en los que se reúnen la genialidad, la desdicha y, para mayor morbo, el misterio de un asesinato. El caso de Cooke está resuelto a efectos judiciales, pero ni mucho menos ha finalizado en el imaginario musical. Sin ir más lejos, los artículos de Manrique y Ruiz, publicados con el escaso margen de una semana.
Les dejo los enlaces de ambos textos, para que gusten y comparen:
-Julián Ruiz: "El cantante que inventó el soul". (http://www.plasticosydecibelios.es/sam-cooke-el-cantante-que-invento-el-soul/)