sábado, 22 de mayo de 2010

Franco Battiato o el arte de emocionar

De la infancia tengo un vago recuerdo, forzosamente idealizado, que emerge siempre que escucho alguna canción de los ochenta. En la sala de estar de la casa de mis abuelos había un viejo tocadiscos, en torno al cual nos reuníamos hermanos y primos para escuchar discos y bailar. Entre risas, se iban sucediendo canciones de los Jackson Five, Village People, Boney M, La Unión, Mecano, Miguel Bosé, Los Pecos, Camilo Sesto... Cada uno elegía la suya. Recuerdo como si fuera ayer a mi hermana dándole vueltas y vueltas a los singles de Iván –'Sin amor' y 'Fotonovela'– y Pedro Marín –'Que no' y 'Aire'–, entonces los chicos guapos de las revistas y los que más seguidoras acumulaban en España. Por lo general, yo tenía que resignarme a escuchar lo que los demás pusieran, no fuera a romper la aguja o algún vinilo, pues casi no alcanzaba la altura del tocadiscos.

Entre esas canciones, que fueron prácticamente mis nanas de infancia –o, al menos, las que han permanecido más vivas en el recuerdo–, aparecen dos de Franco Battiato, 'Voglio vederti danzare' y 'Cerco un centro di gravità permanente', que alguien del grupo familiar ponía a girar con un mínimo de gusto musical. Si la memoria no me engaña demasiado, recuerdo que esas canciones sonaban con sus letras originales, en italiano, a pesar de que las versiones en castellano ya circulaban por España con bastante éxito. Era la época pop de Battiato, el periodo de El arca de Noé y Nómadas, los años en que Martes y Trece lo parodiaban en el programa de Nochevieja y vendía en Italia casi tanto como el Thriller de Michael Jackson. Fue tanta la popularidad de Franco Battiato que llegó a participar en Eurovisión en 1984 con una canción preciosa titulada 'I treni di Tozeur', interpretada junto a Alice. Lógicamente, no ganaron. Quedaron en quinto lugar, justo detrás de Nino Bravo.

Después, Franco Battiato cayó en un olvido necesario, sanador, y su lugar como representante de la música popular italiana lo ocupó un joven gangoso llamado Eros Ramazotti, que también cantó en castellano y llenó estadios en España. Battiato, no obstante, continuó publicando discos, quizás mejores que los anteriores. Dejó sus bailes extraños, inspirados en las danzas de George Gourdjieff, y emprendió una trayectoria como cantautor místico, que no satisfizo demasiado a las casas discográficas. De hecho, sus siguientes álbumes están repletos de referencias a la doctrina del Cuarto Camino, a la unificación de las religiones, a la paz y al amor. En una vuelta de tuerca, el cantante se desdobló en director de cine, en poeta y en productor de ópera. Vocaciones artísticas que combinó con la pintura, bajo el seudónimo de Süphan Barzani.

Ahora, casi treinta años después de aquellos éxitos del "italo-progressive pop", el nombre de Franco Battiato aflora de nuevo en los diarios españoles, tras exhibir una colección de pinturas en Lodi. Esta vez, el artista se presenta con su nombre real, sin esconderse bajo ningún apodo turco o armenio. Al parecer, según leo en una información que publica El Mundo ("Franco Battiato o el arte de innovar"), el intérprete ha perdido el temor a mostrarse como pintor y desea dar a conocer una faceta desconocida, cuyos trazos corren paralelos a sus melodías y sus hermosos versos. Su apellido siciliano emerge de nuevo, y con él los recuerdos y las ansias por recuperar esas canciones que me devuelven a la infancia. A ese "tiempo sin tiempo del niño", feliz, inocente y completo.

viernes, 7 de mayo de 2010

Una serie de catastróficas desdichas: Otis Redding

Hay "colgado" en Youtube un vídeo que he podido ver una veintena de veces. Se trata de una actuación de Otis Redding, interpretando 'Try a little tenderness', una de sus canciones emblemáticas, mezcla de soul y rock. Las imágenes pueden ser de 1966 ó 1967: Redding con camisa abierta y sudada, pantalón blanco ajustado y una energía exorbitante sobre el escenario, que se traslada al espectador más allá de los años, incluso más allá de la pantalla. La emoción contenida del comienzo de la canción y el desenlace furioso, pidiéndonos que "probemos un poco de ternura", erizan la piel. Al ver esa grabación, comprende uno el desbordamiento del público cuando está a punto de acabar la actuación y se agolpa a los pies del artista. Y comprende uno, también, los motivos por los cuales Redding se ha convertido en una especie de clásico, un intérprete de culto, que merece custodiarse con aura de leyenda. Más si cabe por su intensa y desdichada trayectoria.

La historia de Otis Redding se limita tan sólo a 26 años, los que vivió entre las aguas bautismales de Georgia y las aguas fúnebres del lago Mononoa, en Wisconsin, donde se precipitó el avión en el que viajaba junto a su banda el 10 de diciembre de 1967. Redding era hijo de un ministro baptista, que llenó su cabeza de sermones y gospel. Como ha ocurrido en tantos casos de maestros del soul, el coro de la iglesia se convirtió en su primera escuela musical y en el primer escenario para curtir la voz y el sentimiento de una raza maltratada. Cuentan que en su niñez y adolescencia, se presentó a un concurso de jóvenes talentos durante 15 años consecutivos y en todos ellos ganó el primer premio. Hasta que se le prohibió participar para darle la oportunidad a otros. Lo siguiente sería probar con un grupo amateur llamado The Pinetoppers, que imitaba a sus cantantes de soul preferidos, y seguir intentándolo hasta que llegara el golpe de fortuna. Ese momento de azar ocurrió en octubre de 1962, cuando se le invitó a rellenar unos minutos vacíos en un estudio de grabación. Redding, entonces un completo desconocido, cantó la balada 'These arms of mine'. Si la imaginación vuela, podríamos dibujar la escena de unos productores estupefactos ante el filón encontrado casi por casualidad. Los dueños de la discográfica serían ahora los que habían tenido el golpe de fortuna, y no al revés.

El single entró en la lista de los cien más vendidos y fue el primer eslabón de una cadena de temas inolvidables: 'I've been loving you too long', 'Mr. Pittiful', 'Respect' o la electrizante 'Try a little tenderness', con la que acostumbraba a cerrar sus espectáculos. Entre esos directos, ha quedado para la posteridad su actuación en el Festival de Monterrey de 1967, en el que interpretó, además, su magnífica versión del 'Satisfaction' de los Rolling ante un auditorio hippie, embelasado por la potencia de su voz. En Youtube, cómo no, se pueden rescatar esos conciertos, mitificados casi al mismo nivel de Woodstock por la calidad de sus componentes: The Animals, Simon & Garfunkel, The Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Ravi Shankar, The Mamas & The Papas, The Who, Jimi Hendrix...

Poco después de su aparición en Monterrey, Redding continuó su gira en San Francisco, en cuya bahía dicen que se recluyó. Vivió durante unas semanas en una casa-bote amarrada a un muelle, junto al mar. Al parecer, el cantante había descubierto el Sgt. Peppers de los Beatles y escuchaba su música antes de ir a dormir. La soledad, el sol de la mañana, el batir de las olas y el sonido de las gaviotas terminaron por inspirarle una canción que se convertiría en su estandarte, 'The dock of the bay', y la que, a la postre, supondría su última grabación. Era diciembre de 1967 y Redding había gastado su corta vida entre las aguas bautismales de Georgia y el noray de un muelle viendo los barcos partir. Estaba en lo más alto, flotando sobre una nube.

viernes, 16 de abril de 2010

Luz en la ciudad de la luz

Francia y sus gestores culturales tienen la virtud de privilegiar el arte por encima de cuestiones absurdas de la política. Eso, al menos, nos parece desde fuera. Quizás estemos equivocados y todo sea el resultado de una engañosa campaña publicitaria, por la que aceptamos lugares comunes del tipo "Francia respeta y fomenta la cultura". Pero no. Los datos que se ofrecen en informes no forman parte de una estrategia de márketing, aunque las compañías turísticas se sirvan de ellos en su beneficio. Las cifras acerca de la inversión del gobierno francés en prensa, editoriales, patrimonio histórico, museos o cine no van por ese camino. Quizás estemos equivocados, seguro que sí, y Francia no sea ningún "paraíso de la excepción cultural". Ahora bien, de lo que podemos estar medianamente convencidos es de que esa atención por la cultura es mucho mayor que en España.
Otra de las virtudes de los franceses se encuentra a la hora de premiar a artistas españoles, que aquí permanecen olvidados, menospreciados o, en el peor de los casos, ignorados. En muchas ocasiones, esos galardones ejercen a modo de "despertador" o de "agenda", que recuerda la existencia de tal cineasta o de tal escritor. Probablemente sea otro tópico decir que sin Francia Pedro Almodóvar no hubiese tenido el reconocimiento generalizado que le costó conquistar a nivel nacional. Reconocimiento por el que se le sigue ajusticiando, pues con cada movimiento suyo, con cada película, aparecen unos personajes casi inquisitoriales (llamados "críticos") que, sin haber visto ni tan siquiera una secuencia del filme más reciente, van armando las patas del patíbulo.

Junto a Almodóvar, tenemos otros casos célebres de éxito en Francia y denuesto en España. A bote pronto, surgen los nombres de Victoria Abril, que soporta en "casa" una vitola de ninfa envejecida, cuando es, al menos para mí, una de las actrices más perfectas que he visto en la gran pantalla; Fernando Arrabal, de cuyo pecho cuelga el sambenito (tan inquisitorial éste) de escritor "alucinado y borracho", cuando ha sido uno de los autores teatrales más rebeldes e inteligentes que han existido en la literatura española del siglo XX (cargada de tantos dramaturgos geniales); o el almeriense Agustín Gómez Arcos, novelista completamente desconocido en España, exiliado voluntariamente, al que ahora se intenta recuperar con nuevas traducciones editoriales, doce años después de su muerte y tras haber permanecido durante mucho tiempo sobre el pedestal literario de un gran lector como fue François Mitterrand. De hecho, según relata una información de El País, fue finalista del Goncourt y condecorado como Oficial de la Orden de las Artes y las Letras francesas en 1995, la más alta distinción cultural que se otorga en el país galo.

A ellos se les podrían sumar, en el terreno de la música, los nombres de Paco Ibáñez y Raimon. El último caso de estos "profetas" en Francia ha sido el de Luz Casal, cantante por la que tiene predilección un servidor. El pasado 14 de abril, Luz recibió la Medalla de Oro de París, de manos del alcalde Delanoë y la teniente de alcalde Anne Hidalgo, política, por cierto, de orígenes sanluqueños. No voy a decir que Luz Casal haya sido una "olvidada" en España, pero sí que le ha costado ganarse un lugar respetable en la música. Le ha costado mucho más que a otros, quizás por sus comienzos ligados al rock. En los noventa, con su interpretación de 'Piensa en mí', para la banda sonora de Tacones lejanos, Luz sorprendió a muchos por su capacidad para cambiar de registro y a partir de ahí se fue ganando el puesto que se merecía desde mucho antes. Bolero a bolero. O canción a canción, porque no hay género con el que no se atreva. Acostumbrada a arriesgarse, a caminar por el borde del precipicio, como ha comentado a raíz de su último disco, La pasión: "Lo que hisciste ayer no sirve para hoy. Cada día es una cosa nueva. Esa incertidumbre es la que nos agarra a todos por ahí, por esa parte, es la que nos tiene al borde del precipicio siempre".

miércoles, 7 de abril de 2010

Los principiantes absolutos de Colin MacInnes

1956 no fue un año glorioso para Gran Bretaña. Al menos, en el terreno de la política. El general Gamal Nasser movilizó a las tropas egipcias para ocupar los territorios del Canal de Suez y acabar, de una vez, con la colonización británica en una de las zonas más codiciadas del planeta: el paso marítimo entre el Mediterráneo y el Índico, que reportaba grandes beneficios comerciales al Imperio desde la época victoriana. El objetivo de Nasser era nacionalizar ese punto estratégico para construir la presa de Asuán y, de paso, despojarse del control de una Inglaterra que daba sus primeras muestras de debilidad. Sobre todo, porque el primer ministro, Anthony Eden, no tenía esta vez el apoyo militar de sus "primos" norteamericanos, parientes groseros y desgarbados, pero siempre leales a la fuerza y con más recursos en armas y en soldados dispuestos a jugársela por un salario o una medalla de héroe de guerra. Estados Unidos no estaba dispuesto a entrar en este conflicto con Egipto y comprometer "otros intereses" en Oriente Medio. Así que Nasser acabó saliéndose con la suya (también se aprovechó de ello Kruschev) y expropió una empresa vital para el gobierno inglés.
El Canal de Suez vino a ser la brecha por la que comenzó a desangrarse el Imperio británico. La herida que mostró la fragilidad inglesa ante los ojos del resto de pueblos colonizados, ávidos por repetir la hazaña egipcia. Fue el principio del fin de un periodo "glorioso" en política, y el inicio de una etapa cultural distinta, la del inward looking, la de la mirada interior, menos ambiciosa en la política, pero, quizás, más sincera en lo que respecta a su sociedad. Los años finales de los cincuenta marcaron un punto de inflexión, a partir del cual se replantearon muchos aspectos, desde la educación victoriana e imperialista hasta las formas de producción industrial. Todo ello ocurría, como siempre, ante la mirada atenta de la literatura, que fue espejo de aquellos cambios. El declive del Imperio británico aparece retratado con diferentes miradas, con diferentes estilos, pero con un sentimiento común, en las obras del dramaturgo John Osborne, en los cuentos de Angus Wilson o en las novelas de Kingsley Amis, padre del ahora exitoso Martin Amis.

Casi de la nada empezó a emerger en la literatura inglesa un ambiente que antes parecía oculto o soterrado. De ahí el underground. A partir de esas fechas comenzaron a percibirse, en la realidad y en la ficción, situaciones descarnadas (violencia en las calles, adicciones a las drogas, noches a la intemperie), muy lejanas a las almibaradas escenas del té a las cinco. Las páginas de los libros empezaron a poblarse de "junkies", proxenetas, homosexuales, inmigrantes... Pero también de jóvenes principiantes, "absolute beginners", como los calificó Colin MacInnes en su "trilogía de Londres"; adolescentes que amaban el jazz y el rock, y que acudían a los cafés de moda, al estilo francés, y no a los pubs de irlandeses, donde la calefacción y los cómodos sillones hacían más apacibles las tardes de lluvia. McInnes radiografió esa escena suburbial del West End, en la que despierta una sexualidad ambigua y en la que alzan la voz los jamaicanos y el resto de caribeños que habitan en Notting Hill, no precisamente para cantar el "Dios salve a la Reina". Los sucesos ocurridos en el verano de 1958, entre agosto y septiembre, fueron llamados "Notting Hill race riots" y un eco de aquellos disturbios (tan similares, en cierto modo, a los acontecidos en París hace cinco años) aparecen retratados en el Absolute begginers de MacInnes.

Esta novela influyó en gran medida a los jóvenes que posteriormente ocuparían las posiciones principales de la cultura anglosajona, ya fuera en la literatura, el cine o la música. En este último ámbito sólo hay que repasar la interminable lista de movimientos contraculturales que nacen a partir de los años sesenta para darse cuenta del efecto contestario: mods, beatniks, punks, etc. Todos ellos son herederos de esa fragilidad del Imperio, de ese golpe militar de Nasser, y, si bien para los conservadores, fueron el síntoma del fracaso educativo; para otros, progres y mitómanos, fueron el símbolo de un cambio generacional. Cuestión de opiniones. Lo que sí es evidente es que la música popular se transformó radicalmente en esa época y de ella bebieron grandes músicos, como Paul Weller, que se inspiró en el Absolute beginners para escribir un tema para The Jam en 1981. Y, por supuesto, el camaleónico David Bowie, que en 1986 participó en la adaptación cinematográfica de Julien Temple. Aunque Bowie no deje un registro como actor para la historia, sí merece la pena, y mucho, la canción que compuso para la película.

sábado, 20 de marzo de 2010

A vueltas con la 'Ley de Internet'

Si han estado atentos a los medios, sabrán que ayer, 19 de marzo, el Gobierno aprobó el envío al Congreso del anteproyecto de Ley de Economía Sostenible, es decir, la renombrada 'Ley de Internet' o, para los más chuscos, 'Ley Sinde'. Aunque la iniciativa puede ser revisada e incluso rechazada, todo apunta a que discurrirá por su cauce parlamentario con normalidad. Avanza así un paso más esta ley que pretende, entre otras cosas, cerrar con un escaso margen de cuatro días aquellas páginas web que vulneren los derechos de autor. ¿Quiénes serán los encargados de actuar de oficio y de decidir que los espacios virtuales cometen un delito? Pues una serie de personas integradas en una comisión dependiente del Ministerio de Cultura. ¿Y quiénes formarán esa comisión? Pues personas "ilustradas" e "interesadas" capaces de determinar cuáles son los contenidos no autorizados. "Gestores" los llaman, con tono burocrático y eufemístico; cuando en realidad habría que decir que serán delegados de la SGAE, colocados ahí (presumiblemente con buenas asignaciones salariales) para vigilar como perros de presa cualquier movimiento en Internet.

Casi todo el mundo tiene claro que vulnerar los derechos de autor es un delito. Escritores, músicos o directores de cine no viven del aire, se entiende. Pero surgen muchas preguntas al respecto. ¿Realmente aumentaría el número de ventas de un disco si se eliminaran esas páginas web? ¿O iría más gente a las salas de cine? Las redes P2P han contribuido a enriquecer a una serie de personas que piratean con música o cine, por poner un par de ejemplos. Pero, a pesar de todas las acusaciones que puedan lanzarse, han contribuido a enriquecer el "tráfico cultural", por utilizar un eufemismo también de tono administrativo. Mucha gente que no tenía acceso a música de otros países o a un cine más independiente, que no aparece ni de lejos por las carteleras de nuestros cines, han encontrado en estas redes un tesoro. Un tesoro que, si se actúa con responsabilidad, aporta mucho más de lo que quita. Es decir, ¿alguien cree que a Víctor Manuel le llega la inspiración en forma divina? ¿O que Bisbal nunca se ha "bajado" un disco? Un Bisbal que, por cierto, se hizo famoso (y no músico, como algunos lo llaman) cantando temas de otros en un programa de karaoke.

Leo comentarios en Internet de personas indignadas por esta medida. Algunos jóvenes, que intentan sacarse un dinero interpretando su propia música en bares, tienen constancia de que a los dueños de los locales que les sirven de escenario la SGAE les cobra su respectivo canon. De antemano. Al parecer, unos 150 euros, sin que ni siquiera esos jóvenes toquen canciones registradas por otros músicos. ¿Qué beneficio pueden obtener esos chavales, que como mucho se quedan con los cuatro euros que les dejen en copas?

Otro caso leído: un aficionado a los seriales de radio encuentra por una red P2P un conjunto de programas de terror que emitía RNE hace décadas. Según su comentario, ni siquiera en el archivo de la emisora disponían de estos documentos sonoros (o no se los quisieron pasar) y los halla en Internet, gracias a otra persona aficionada a la radio. Si fuera un investigador, por ejemplo, una persona dedicada a estudiar la historia de la radio nos habríamos quedado sin esa aportación al no existir este método de transferencia de archivos. En otras palabras, habríamos cortado el eslabón de una cadena de conocimiento.

Me pregunto otra vez: ¿aumentarían los réditos de las cadenas de radio, de las productoras de cine o de los sellos discográficos? Quien ame la música o el cine, no va a dejar de "consumirlos". Perdón, quien ame la buena música y el buen cine. Porque, generalmente, quienes protestan son los menos indicados en este asunto. En mi caso, desde que tengo conexión a Internet, he comprado más discos que nunca. Primero, porque esas redes me han dado la posibilidad de conocer artistas que no hallaba por otros medios. Y segundo, porque simplemente me gusta tener el objeto, el disco o cd físico, y no una triste carpeta en el escritorio de mi ordenador.

martes, 16 de marzo de 2010

Linda Ronstadt, la rockera mariachi

A mediados de los años setenta era portada de Rolling Stone y Time, vendía millones de discos, ganaba toda clase de premios (obtuvo en total 11 Grammys) y se la relacionaba con hombres influyentes de la política y la cultura, entre ellos el gobernador de California Jerry Brown y el director de cine George Lucas. Linda Ronstadt era llamada, en esa afán de los apodos de las revistas musicales, la "Primera dama del Rock"; seudónimo que después llevarían tantas otras, con mayor o menor fortuna. Aunque, en este caso, algo de razón había en aquel sobrenombre. Hoy, sin embargo, treinta años después, la "gran reina de la música" es una completa desconocida (al menos, en España) y, esta vez, no por "una serie de catastróficas desdichas", ni por causas ajenas, sino por decisión propia. En la actualidad, aunque no haya abandonado los estudios de grabación y los escenarios, Ronstadt prefiere ser una buena ama de casa, cuidar de sus dos hijos y cantar sólo las canciones que le apetece cantar. Por ejemplo, rancheras.
Repasando rápidamente la biografía de Ronstadt, encuentro que nació en Tucson (Arizona) hace 63 años y que sus inicios en la música estuvieron ligados irremediablemente al folk. Es decir, al country del sur de los Estados Unidos, esa inagotable cantera que no pasa de moda, como no pasan de moda ninguna de las música enraizadas en la tierra. Perteneciente a una mestiza clase media, de ascendencia alemana y mexicana, Ronstadt logró sus primeros éxitos una vez que se abrió a otros géneros, al rock, al rythm and blues, al pop... Junto al productor Peter Asher vivió, a partir de 1974, su década dorada gracias a discos como When will I be loved, Heat wave o That´ll be the day. Algunos temas suyos ('It´so easy', 'You´re no good', 'Long long time') se convirtieron en himnos de la época, mientras contribuía a hacer más grandes las canciones de otros, como el impresionante 'The first cut is the deepest' de Cat Stevens. Linda Ronstadt fue una gran "versionadora" de clásicos, de las que adoptan una canción ajena con respeto y la convierten en una pieza tanto mejor que la original, como así hizo con temas de sus admirados Elvis Costello, Neil Young y Buddy Holly (genial su 'It doesn´t matter anymore').

Cansada de la música "comercial", del rock y el pop encorsetado, según he leído en unas declaraciones suyas, decidió a finales de los ochenta hacer un paréntesis en su carrera. Al parecer, Linda Ronstadt quiso regresar a su tierra de origen, donde podía reencontrarse con sus raíces familiares y musicales. Por eso, en homenaje a la familia de su padre y a las canciones que escuchaba siendo niña, empezó a interpretar boleros y rancheras mexicanas, a pesar de no ser bilingüe. No es muy común ver a una yanki, amante del country, cantar 'El sol que tú eres' con un mariachi, pero el mestizaje hace posible lo imposible. Como lo hace posible también Internet, que me ha facilitado, casi sin buscarlo, una historia maravillosa. Ya está en mi altar musical Linda Ronstadt, junto a una estampita de la Virgen de Guadalupe.

viernes, 5 de marzo de 2010

La primera vez

La última entrega de los premios Goya tuvo, al menos para mí, un momento estelar, emocionante como ningún otro. Mucho más vibrante, dónde va a parar, que la aparición de Pedro Almodóvar para cerrar la gala y llevarse él todo el protagonismo. El instante al que me refiero fue la entrega del galardón honorífico a Antonio Mercero. No porque ese director haya sido santo de mi devoción (odiaba 'Verano azul' y 'Farmacia de guardia'), sino por sus circunstancias personales. Mercero padece, al igual que miles de personas en todo el mundo, alzheimer. Verle hacer un esfuerzo para reconocer a gente que hasta hace poco tiempo eran compañeros habituales te pone un nudo en la garganta difícil de digerir. Más aún, cuando escuchas las palabras de sus hijos recogiendo el premio. Decían que, al menos, su padre tenía la satisfacción de vencer a la enfermedad viendo una y otra vez Cantando bajo la lluvia como si fuera la primera vez.
No consuelan demasiado esas palabras, pero son hermosas. La memoria es una facultad necesaria, vital. Sin embargo, a veces, muchas veces, entorpece al asombro, a la sorpresa, también necesaria. Cuando vi por primera vez Cantando bajo la lluvia me quedé literalmente con la boca abierta. Y lo mismo me pasó cuando conocí a la Maga. O cuando escuché una canción que decía "something in the way she moves, attracts me like no other lover". Ahora, si vuelvo a ver de nuevo esa película, si leo otra vez Rayuela, o si escucho por enésima vez a los Beatles, la sensación no es la misma, no es tan intensa. Aunque sean obras maestras y tengan resortes ocultos para erizarte la piel cuando menos lo esperas. Los sentidos están ya preparados y la memoria pone sus barreras, por suerte.
Por suerte, y no voy a caer en la nostalgia barata, queda mucho por descubrir: libros, canciones, películas, personas... Así que a leer, a escuchar música, a ir al cine y... a eso. Buen fin de semana.