sábado, 12 de junio de 2010

Poveda y Mariza: Federación Musical Ibérica

Si han abierto hoy el periódico o han visto algún informativo en televisión, seguramente se hayan topado con un titular parecido a éste: "España y Portugal celebran su 25º aniversario de la firma del Tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea". Es decir, a la actual Unión Europea, pues aquello de la CEE suena ya tan extraño y rancio como lo del Benelux, que conformaban Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Y como estamos en la época del "revival", de la nostalgia y la milonga del "Cuéntame cómo pasó", pues ambos gobiernos, el español y el portugués, se han afanado en organizar unos fastos diplomáticos para recordar aquel evento. No niego que la rúbrica de Felipe González y Mario Soares en 1985 tuviera su relevancia económica e histórica –acababa con el "aislamiento secular"–, pero parece algo impostada esta conmemoración, tal y como discurren las cosas ahora. En una entrevista concedida a Expresso, Soares ha criticado la "mediocridad" de los dirigentes europeos actuales y "la falta de liderazgo" de la UE ante la crisis financiera y los distintos conflictos internacionales. No le falta razón. El socialista luso, como otros muchos, pensaba que de aquel sueño europeo perviviría algo más que una moneda común, una bandera con estrellas y unas mal pagadas becas Erasmus.

Probablemente, lo más positivo de esta celebración sea el nuevo acercamiento que se ha propiciado entre España y Portugal, y el deseo de que se firmen otros pactos para unir a los dos países. Proyectos como los del tren de alta velocidad entre Madrid y Lisboa, o la apuesta del portugués como segundo idioma en los institutos de secundaria andaluces, son ilusionantes y efectivos ejemplos de integración de dos pueblos que, a mi juicio, deberían ir siempre de la mano. En esto comparto plenamente la opinión de mi admirado Víctor Márquez, quien ha defendido desde hace décadas una política común ibérica. Una Federación o República, que aunara culturas hermanas. Como andevaleño y andaluz, Víctor Márquez dice sentirse más identificado con un vecino del Algarve o del Alentejo que con un señor del Pirineo oscense. Y lo mismo podrán decir extremeños, salmantinos o gallegos. Hay lazos familiares e intereses laborales que justificarían esa propuesta de Federación, sin que se considere una locura. Unidos seguramente nos enriqueceríamos más, dicho sea en todos los sentidos, y no sólo en el monetario.

Pues bien, a raíz de estos festejos por el ingreso en la Unión Europea, alguien ha tenido la feliz idea de organizar un concierto que integre las músicas españolas y portuguesas. En este caso, los intérpretes elegidos han sido Miguel Poveda y Mariza, la cantante de fado más popular en todo el mundo, una vez fallecida la gran Amalia Rodrigues. Con el acompañamiento de la Orquesta Nacional de España, los dos artistas actuarán en Madrid para hermanar flamenco y fado, dos géneros musicales propiciados por el "hado", por el destino curvo que deparan la vida, el amor y la muerte. De Poveda tengo la suerte de haber disfrutado de varios de sus directos, mientras que de Mariza conservo únicamente un disco que compré en un viaje a Lisboa, allá por el barrio de Alfama. Su título es Fado curvo (2003) y suena tan trémolo, tan emocionado, que no puedo más que recomendarlo para no viciar su contenido. Al unir las voces de Poveda y Mariza en un concierto, probablemente se confabulen también los versos de Alberti y Pessoa, de Gil de Biedma y Florbela Espanca. Con lo cual, el homenaje no estará formado sólo por coplas, sino por la poesía de ambos países. Gracias a Mariza y Poveda se hará música la utópica Federación Ibérica.

domingo, 30 de mayo de 2010

Drexler, café y azúcar

Alguien me aconsejó una vez que para hacer una buena crítica o, incluso, para firmar una buena semblanza había que combinar los ingredientes de una taza de café. Todo en su justa medida. Por ello, no había que excederse en la leche y, ni mucho menos, en el azúcar. Me dijeron que el dulzor de los adjetivos, las alabanzas constantes, acaban empalagando al lector. De tal manera que la crítica, al igual que un buen café, debe dejar un pequeño poso amargo en el paladar. El café despierta y aviva el pensamiento de quien lo toma. Y la crítica, aunque sea en papel tintado, aspira a conseguir lo mismo.

Después de asistir al concierto que ofreció Jorge Drexler en Cádiz el pasado viernes, esto de hacer un buen café me resulta complicado. Principalmente porque no me encuentro escribiendo en un periódico, no tengo comensales a mi mesa y no hay quien vigile mis movimientos y mis ingredientes. Y, en segundo lugar, porque es difícil, bastante difícil, encontrarle el punto amargo a un artista de la talla de Drexler. Casi todo en él es dulce, sutil y delicado. Desde su voz hasta las letras de sus canciones, algunas de ellas cantadas a capela, sin necesidad de micrófono, ni de acompañamiento musical. Quizás, por hacerle algún caso al maestro que me dio el consejo del café y la crítica, podría decir que falló algo la acústica del Falla; o bien fue un servidor el que no puso demasiado empeño en pagar más y bajar del "gallinero" a la platea. Pero, al fin, esto no sería un disparo al cantante, sino a uno mismo.

Jorge Drexler se presentó en Cádiz casi con el nervio de un principiante o, más bien, con la humildad de quien no ha hecho méritos suficientes en su carrera. Confesó tenerle respeto a aquel auditorio y a la ciudad, al levante que humedecía las cuerdas de su guitarra y le obligaba a afinar una y otra vez. Esa humildad fue la que cautivó al público desde el inicio hasta el final. Eso y su repertorio de canciones escogidas, en su mayoría, del último disco publicado, Amar la trama. En este álbum, Drexler se presenta con optimismo, una vez superado el valle personal y emocional que trasluce en Doce segundos de oscuridad. Ahora, le acompañan en su travesía nueva compañera y nuevo hijo, y una banda de metales brillante, que se acopla a la perfección a las canciones recientes. Tiene el disco un regusto de primavera, de balcones donde brotan flores y resuena el eco de unas calles jóvenes, llenas de transeúntes y escotes. Revive la algarabía de su barrio de Chueca, pero también las milongas del Río de la Plata, de las que no desea despegarse.

Amar la trama lanza constantes guiños poéticos, desprende dejes machadianos, vientos, caminos o tramas que albergan la felicidad más que el desenlace. Tiene el apoyo de una instrumentación variada, que en directo hace las delicias de los espectadores. A día de hoy, resulta una agradable sorpresa ver tocar la batería con la mano, como hace Borja Berrueta al arrastar el pulgar por la piel del tambor. O escuchar las melodías de temas ya clásicos con el repique de la marimba, como se hizo maravillosamente en 'Aquellos tiempos', tocada nada menos que a seis manos. O extasiarse ante el sonido metálico de un serrucho, afinado por Carles Campi, que añadía notas fantasmales, abisales, a un concierto íntimo, como cantado de tú a tú, en una sala siempre en penumbra.

Si a eso se añade la compañía de tres excelentes músicos como son Martí Serra (saxo tenor), Roc Albero (fliscorno y trompeta) y Xavi Lozano (saxo barítono), que se marcó un inolvidable solo en el cierre de 'Volando voy', la crítica y el café terminan por coger un sabor penetrante. Y si quieren más azúcar, súmenle dos cucharadas de Javier Ruibal, que apareció inesperadamente sobre el escenario para cantar su himno inédito al Cádiz C.F. y un homenaje que Drexler le hizo a su "maestro" gaditano interpretando 'Toito Cai lo traigo andao' con guitarra acústica. Y habría más. Pero entonces el café ya estaría desbordado con tanto azúcar, con tanta leche y con tanto Cádiz "levantao".

jueves, 27 de mayo de 2010

En 'Territorios' de nadie

Por primera vez en trece años, no voy a asistir al Festival Territorios de Sevilla. Simplemente, no me atrae ningún concierto. Lo que tiempo atrás se inició como una ilusionante aventura de música heterogénea, independiente y, por momentos, especializada, ha caído en tierra de nadie, con la programación de un cartel muy humilde, que, sin duda, le va a pasar factura para las próximas ediciones. Ya el año pasado, por estas fechas, le dedicaba un artículo al asunto, cuando los efectos de la crisis no hacían resentir con tanta crudeza a los ayuntamientos y a las propuestas culturales. Decía entonces que Territorios marchaba sin rumbo, con una media estocada. De la muerte súbita le salvó Wilco, el mejor grupo que ha pasado no sólo por el festival, sino por la ciudad de Sevilla en muchos años. Y ahora, en este mayo caluroso que acaba, la estocada se ha convertido en puntilla, por utilizar un símil tan grotesco como la propia "fiesta" de los toros.

Comentaba también, hace doce meses, que Sevilla se merecía una programación cultural que fuera más allá de la Cuaresma, del barroco y los tópicos que han dejado ya de engatusar al turista de calcetín blanco. Quizás, para eso se necesiten políticos con una perspectiva crítica (complicado asunto), dispuestos a replantearse los modelos establecidos y a creer en los propios ciudadanos. Con el Festival Territorios, y con otros eventos como el recientemente desaparecido ciclo de Pop-Rock en el Central, Sevilla ha puesto de manifiesto que está ávida de otras actividades. Los conciertos en plazas, en espacios públicos, funcionaron hasta que a alguien se le ocurrió la funesta idea de encerrarlos en salas y ponerles precios elevados. Al final, ni hubo beneficio económico ni se proyectó el cartel a más altura. Desde entonces, poco a poco, años tras año, el nivel de Territorios fue descendiendo hasta llegar al límite preocupante de este año.

Lo siento por los seguidores de Los Planetas o de Public Enemy, pero éstos no me parecen grupos con el suficiente caché para atraer a un público numeroso. Guste o no, la alternativa pasa por incluir un gancho más "comercial". O apelar al milagro de contratar a músicos de la categoría de Wilco, como ocurrió el año pasado. Hay que ser conscientes de que la crisis económica afecta a la cultura con más intensidad que a otros sectores y que, por ello, se necesitan ideas más atractivas. A la hora de las vacas flacas, lo primero que se recortan son las ayudas a conciertos y festivales, como si éstos fueran los principales culpables del despilfarro de los consistorios. Por eso, el Festival Territorios y su director, Juan Antonio Pedrosa, tienen ahora la heroica misión de sobrevivir con lo puesto. Esperemos que la tragedia, tan del gusto sevillano, no se consume y que ese toro se zafe del descabello.

sábado, 22 de mayo de 2010

Franco Battiato o el arte de emocionar

De la infancia tengo un vago recuerdo, forzosamente idealizado, que emerge siempre que escucho alguna canción de los ochenta. En la sala de estar de la casa de mis abuelos había un viejo tocadiscos, en torno al cual nos reuníamos hermanos y primos para escuchar discos y bailar. Entre risas, se iban sucediendo canciones de los Jackson Five, Village People, Boney M, La Unión, Mecano, Miguel Bosé, Los Pecos, Camilo Sesto... Cada uno elegía la suya. Recuerdo como si fuera ayer a mi hermana dándole vueltas y vueltas a los singles de Iván –'Sin amor' y 'Fotonovela'– y Pedro Marín –'Que no' y 'Aire'–, entonces los chicos guapos de las revistas y los que más seguidoras acumulaban en España. Por lo general, yo tenía que resignarme a escuchar lo que los demás pusieran, no fuera a romper la aguja o algún vinilo, pues casi no alcanzaba la altura del tocadiscos.

Entre esas canciones, que fueron prácticamente mis nanas de infancia –o, al menos, las que han permanecido más vivas en el recuerdo–, aparecen dos de Franco Battiato, 'Voglio vederti danzare' y 'Cerco un centro di gravità permanente', que alguien del grupo familiar ponía a girar con un mínimo de gusto musical. Si la memoria no me engaña demasiado, recuerdo que esas canciones sonaban con sus letras originales, en italiano, a pesar de que las versiones en castellano ya circulaban por España con bastante éxito. Era la época pop de Battiato, el periodo de El arca de Noé y Nómadas, los años en que Martes y Trece lo parodiaban en el programa de Nochevieja y vendía en Italia casi tanto como el Thriller de Michael Jackson. Fue tanta la popularidad de Franco Battiato que llegó a participar en Eurovisión en 1984 con una canción preciosa titulada 'I treni di Tozeur', interpretada junto a Alice. Lógicamente, no ganaron. Quedaron en quinto lugar, justo detrás de Nino Bravo.

Después, Franco Battiato cayó en un olvido necesario, sanador, y su lugar como representante de la música popular italiana lo ocupó un joven gangoso llamado Eros Ramazotti, que también cantó en castellano y llenó estadios en España. Battiato, no obstante, continuó publicando discos, quizás mejores que los anteriores. Dejó sus bailes extraños, inspirados en las danzas de George Gourdjieff, y emprendió una trayectoria como cantautor místico, que no satisfizo demasiado a las casas discográficas. De hecho, sus siguientes álbumes están repletos de referencias a la doctrina del Cuarto Camino, a la unificación de las religiones, a la paz y al amor. En una vuelta de tuerca, el cantante se desdobló en director de cine, en poeta y en productor de ópera. Vocaciones artísticas que combinó con la pintura, bajo el seudónimo de Süphan Barzani.

Ahora, casi treinta años después de aquellos éxitos del "italo-progressive pop", el nombre de Franco Battiato aflora de nuevo en los diarios españoles, tras exhibir una colección de pinturas en Lodi. Esta vez, el artista se presenta con su nombre real, sin esconderse bajo ningún apodo turco o armenio. Al parecer, según leo en una información que publica El Mundo ("Franco Battiato o el arte de innovar"), el intérprete ha perdido el temor a mostrarse como pintor y desea dar a conocer una faceta desconocida, cuyos trazos corren paralelos a sus melodías y sus hermosos versos. Su apellido siciliano emerge de nuevo, y con él los recuerdos y las ansias por recuperar esas canciones que me devuelven a la infancia. A ese "tiempo sin tiempo del niño", feliz, inocente y completo.

viernes, 7 de mayo de 2010

Una serie de catastróficas desdichas: Otis Redding

Hay "colgado" en Youtube un vídeo que he podido ver una veintena de veces. Se trata de una actuación de Otis Redding, interpretando 'Try a little tenderness', una de sus canciones emblemáticas, mezcla de soul y rock. Las imágenes pueden ser de 1966 ó 1967: Redding con camisa abierta y sudada, pantalón blanco ajustado y una energía exorbitante sobre el escenario, que se traslada al espectador más allá de los años, incluso más allá de la pantalla. La emoción contenida del comienzo de la canción y el desenlace furioso, pidiéndonos que "probemos un poco de ternura", erizan la piel. Al ver esa grabación, comprende uno el desbordamiento del público cuando está a punto de acabar la actuación y se agolpa a los pies del artista. Y comprende uno, también, los motivos por los cuales Redding se ha convertido en una especie de clásico, un intérprete de culto, que merece custodiarse con aura de leyenda. Más si cabe por su intensa y desdichada trayectoria.

La historia de Otis Redding se limita tan sólo a 26 años, los que vivió entre las aguas bautismales de Georgia y las aguas fúnebres del lago Mononoa, en Wisconsin, donde se precipitó el avión en el que viajaba junto a su banda el 10 de diciembre de 1967. Redding era hijo de un ministro baptista, que llenó su cabeza de sermones y gospel. Como ha ocurrido en tantos casos de maestros del soul, el coro de la iglesia se convirtió en su primera escuela musical y en el primer escenario para curtir la voz y el sentimiento de una raza maltratada. Cuentan que en su niñez y adolescencia, se presentó a un concurso de jóvenes talentos durante 15 años consecutivos y en todos ellos ganó el primer premio. Hasta que se le prohibió participar para darle la oportunidad a otros. Lo siguiente sería probar con un grupo amateur llamado The Pinetoppers, que imitaba a sus cantantes de soul preferidos, y seguir intentándolo hasta que llegara el golpe de fortuna. Ese momento de azar ocurrió en octubre de 1962, cuando se le invitó a rellenar unos minutos vacíos en un estudio de grabación. Redding, entonces un completo desconocido, cantó la balada 'These arms of mine'. Si la imaginación vuela, podríamos dibujar la escena de unos productores estupefactos ante el filón encontrado casi por casualidad. Los dueños de la discográfica serían ahora los que habían tenido el golpe de fortuna, y no al revés.

El single entró en la lista de los cien más vendidos y fue el primer eslabón de una cadena de temas inolvidables: 'I've been loving you too long', 'Mr. Pittiful', 'Respect' o la electrizante 'Try a little tenderness', con la que acostumbraba a cerrar sus espectáculos. Entre esos directos, ha quedado para la posteridad su actuación en el Festival de Monterrey de 1967, en el que interpretó, además, su magnífica versión del 'Satisfaction' de los Rolling ante un auditorio hippie, embelasado por la potencia de su voz. En Youtube, cómo no, se pueden rescatar esos conciertos, mitificados casi al mismo nivel de Woodstock por la calidad de sus componentes: The Animals, Simon & Garfunkel, The Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Ravi Shankar, The Mamas & The Papas, The Who, Jimi Hendrix...

Poco después de su aparición en Monterrey, Redding continuó su gira en San Francisco, en cuya bahía dicen que se recluyó. Vivió durante unas semanas en una casa-bote amarrada a un muelle, junto al mar. Al parecer, el cantante había descubierto el Sgt. Peppers de los Beatles y escuchaba su música antes de ir a dormir. La soledad, el sol de la mañana, el batir de las olas y el sonido de las gaviotas terminaron por inspirarle una canción que se convertiría en su estandarte, 'The dock of the bay', y la que, a la postre, supondría su última grabación. Era diciembre de 1967 y Redding había gastado su corta vida entre las aguas bautismales de Georgia y el noray de un muelle viendo los barcos partir. Estaba en lo más alto, flotando sobre una nube.

viernes, 16 de abril de 2010

Luz en la ciudad de la luz

Francia y sus gestores culturales tienen la virtud de privilegiar el arte por encima de cuestiones absurdas de la política. Eso, al menos, nos parece desde fuera. Quizás estemos equivocados y todo sea el resultado de una engañosa campaña publicitaria, por la que aceptamos lugares comunes del tipo "Francia respeta y fomenta la cultura". Pero no. Los datos que se ofrecen en informes no forman parte de una estrategia de márketing, aunque las compañías turísticas se sirvan de ellos en su beneficio. Las cifras acerca de la inversión del gobierno francés en prensa, editoriales, patrimonio histórico, museos o cine no van por ese camino. Quizás estemos equivocados, seguro que sí, y Francia no sea ningún "paraíso de la excepción cultural". Ahora bien, de lo que podemos estar medianamente convencidos es de que esa atención por la cultura es mucho mayor que en España.
Otra de las virtudes de los franceses se encuentra a la hora de premiar a artistas españoles, que aquí permanecen olvidados, menospreciados o, en el peor de los casos, ignorados. En muchas ocasiones, esos galardones ejercen a modo de "despertador" o de "agenda", que recuerda la existencia de tal cineasta o de tal escritor. Probablemente sea otro tópico decir que sin Francia Pedro Almodóvar no hubiese tenido el reconocimiento generalizado que le costó conquistar a nivel nacional. Reconocimiento por el que se le sigue ajusticiando, pues con cada movimiento suyo, con cada película, aparecen unos personajes casi inquisitoriales (llamados "críticos") que, sin haber visto ni tan siquiera una secuencia del filme más reciente, van armando las patas del patíbulo.

Junto a Almodóvar, tenemos otros casos célebres de éxito en Francia y denuesto en España. A bote pronto, surgen los nombres de Victoria Abril, que soporta en "casa" una vitola de ninfa envejecida, cuando es, al menos para mí, una de las actrices más perfectas que he visto en la gran pantalla; Fernando Arrabal, de cuyo pecho cuelga el sambenito (tan inquisitorial éste) de escritor "alucinado y borracho", cuando ha sido uno de los autores teatrales más rebeldes e inteligentes que han existido en la literatura española del siglo XX (cargada de tantos dramaturgos geniales); o el almeriense Agustín Gómez Arcos, novelista completamente desconocido en España, exiliado voluntariamente, al que ahora se intenta recuperar con nuevas traducciones editoriales, doce años después de su muerte y tras haber permanecido durante mucho tiempo sobre el pedestal literario de un gran lector como fue François Mitterrand. De hecho, según relata una información de El País, fue finalista del Goncourt y condecorado como Oficial de la Orden de las Artes y las Letras francesas en 1995, la más alta distinción cultural que se otorga en el país galo.

A ellos se les podrían sumar, en el terreno de la música, los nombres de Paco Ibáñez y Raimon. El último caso de estos "profetas" en Francia ha sido el de Luz Casal, cantante por la que tiene predilección un servidor. El pasado 14 de abril, Luz recibió la Medalla de Oro de París, de manos del alcalde Delanoë y la teniente de alcalde Anne Hidalgo, política, por cierto, de orígenes sanluqueños. No voy a decir que Luz Casal haya sido una "olvidada" en España, pero sí que le ha costado ganarse un lugar respetable en la música. Le ha costado mucho más que a otros, quizás por sus comienzos ligados al rock. En los noventa, con su interpretación de 'Piensa en mí', para la banda sonora de Tacones lejanos, Luz sorprendió a muchos por su capacidad para cambiar de registro y a partir de ahí se fue ganando el puesto que se merecía desde mucho antes. Bolero a bolero. O canción a canción, porque no hay género con el que no se atreva. Acostumbrada a arriesgarse, a caminar por el borde del precipicio, como ha comentado a raíz de su último disco, La pasión: "Lo que hisciste ayer no sirve para hoy. Cada día es una cosa nueva. Esa incertidumbre es la que nos agarra a todos por ahí, por esa parte, es la que nos tiene al borde del precipicio siempre".

miércoles, 7 de abril de 2010

Los principiantes absolutos de Colin MacInnes

1956 no fue un año glorioso para Gran Bretaña. Al menos, en el terreno de la política. El general Gamal Nasser movilizó a las tropas egipcias para ocupar los territorios del Canal de Suez y acabar, de una vez, con la colonización británica en una de las zonas más codiciadas del planeta: el paso marítimo entre el Mediterráneo y el Índico, que reportaba grandes beneficios comerciales al Imperio desde la época victoriana. El objetivo de Nasser era nacionalizar ese punto estratégico para construir la presa de Asuán y, de paso, despojarse del control de una Inglaterra que daba sus primeras muestras de debilidad. Sobre todo, porque el primer ministro, Anthony Eden, no tenía esta vez el apoyo militar de sus "primos" norteamericanos, parientes groseros y desgarbados, pero siempre leales a la fuerza y con más recursos en armas y en soldados dispuestos a jugársela por un salario o una medalla de héroe de guerra. Estados Unidos no estaba dispuesto a entrar en este conflicto con Egipto y comprometer "otros intereses" en Oriente Medio. Así que Nasser acabó saliéndose con la suya (también se aprovechó de ello Kruschev) y expropió una empresa vital para el gobierno inglés.
El Canal de Suez vino a ser la brecha por la que comenzó a desangrarse el Imperio británico. La herida que mostró la fragilidad inglesa ante los ojos del resto de pueblos colonizados, ávidos por repetir la hazaña egipcia. Fue el principio del fin de un periodo "glorioso" en política, y el inicio de una etapa cultural distinta, la del inward looking, la de la mirada interior, menos ambiciosa en la política, pero, quizás, más sincera en lo que respecta a su sociedad. Los años finales de los cincuenta marcaron un punto de inflexión, a partir del cual se replantearon muchos aspectos, desde la educación victoriana e imperialista hasta las formas de producción industrial. Todo ello ocurría, como siempre, ante la mirada atenta de la literatura, que fue espejo de aquellos cambios. El declive del Imperio británico aparece retratado con diferentes miradas, con diferentes estilos, pero con un sentimiento común, en las obras del dramaturgo John Osborne, en los cuentos de Angus Wilson o en las novelas de Kingsley Amis, padre del ahora exitoso Martin Amis.

Casi de la nada empezó a emerger en la literatura inglesa un ambiente que antes parecía oculto o soterrado. De ahí el underground. A partir de esas fechas comenzaron a percibirse, en la realidad y en la ficción, situaciones descarnadas (violencia en las calles, adicciones a las drogas, noches a la intemperie), muy lejanas a las almibaradas escenas del té a las cinco. Las páginas de los libros empezaron a poblarse de "junkies", proxenetas, homosexuales, inmigrantes... Pero también de jóvenes principiantes, "absolute beginners", como los calificó Colin MacInnes en su "trilogía de Londres"; adolescentes que amaban el jazz y el rock, y que acudían a los cafés de moda, al estilo francés, y no a los pubs de irlandeses, donde la calefacción y los cómodos sillones hacían más apacibles las tardes de lluvia. McInnes radiografió esa escena suburbial del West End, en la que despierta una sexualidad ambigua y en la que alzan la voz los jamaicanos y el resto de caribeños que habitan en Notting Hill, no precisamente para cantar el "Dios salve a la Reina". Los sucesos ocurridos en el verano de 1958, entre agosto y septiembre, fueron llamados "Notting Hill race riots" y un eco de aquellos disturbios (tan similares, en cierto modo, a los acontecidos en París hace cinco años) aparecen retratados en el Absolute begginers de MacInnes.

Esta novela influyó en gran medida a los jóvenes que posteriormente ocuparían las posiciones principales de la cultura anglosajona, ya fuera en la literatura, el cine o la música. En este último ámbito sólo hay que repasar la interminable lista de movimientos contraculturales que nacen a partir de los años sesenta para darse cuenta del efecto contestario: mods, beatniks, punks, etc. Todos ellos son herederos de esa fragilidad del Imperio, de ese golpe militar de Nasser, y, si bien para los conservadores, fueron el síntoma del fracaso educativo; para otros, progres y mitómanos, fueron el símbolo de un cambio generacional. Cuestión de opiniones. Lo que sí es evidente es que la música popular se transformó radicalmente en esa época y de ella bebieron grandes músicos, como Paul Weller, que se inspiró en el Absolute beginners para escribir un tema para The Jam en 1981. Y, por supuesto, el camaleónico David Bowie, que en 1986 participó en la adaptación cinematográfica de Julien Temple. Aunque Bowie no deje un registro como actor para la historia, sí merece la pena, y mucho, la canción que compuso para la película.